LVIII (Oda a Eros)
Dominante, epicúreo.
Toma mis manos fuerte
dejándoles marcas de todo menos
de amor en las muñecas.
Violenta e imprudentemente.
Dionisíaco, efímero.
Dominante, epicúreo.
Toma mis manos fuerte
dejándoles marcas de todo menos
de amor en las muñecas.
Violenta e imprudentemente.
Dionisíaco, efímero.
Un frenesí atravesado
por pastas blandas
y café requemado.
Reflejo de sucesos en una pared convexa
sobrellevada a lo alto por la espalda agrietada
de los que huyeron dejando piedras en el suelo
que hoy yacen tras el cemento de generaciones apagadas
por el miedo como único argumento.
Solsticios de primavera en las venas de unos cuantos
que aun gritan, y se agitan, entre gomina y puntos de tránsito.
Puertas correderas para el alma.
Un gesto cansado en el pálpito urgente de no creer a la gente
cuando dicen que te entienden,
y que si te sigues mordiendo, te harás daño.
La sangre, agolpada, en heridas adyacentes
de relaciones urgentes
y palabras de contrabando.
(4.2.11)
En el tintineo del crepúsculo simbólico de mi esperpento
se esconde una figura confinada, destinada a escupir hielo.
De luces rojas perdidas entre vestidos de cortesía
se enfunda su capa la calle que busca reposar la
cabeza en mi cama.
Ha perdido la jugada la cordura que
se lavaba entre corchos repletos de garras,
arrastradas, que mienten porque no hablan.
Y salen a la luz las portadas trasnochadas sin faros,
que caen de bruces a los pies de una garganta
que se rompe en el quejío' de una historia que me abarca.
(1.2.11)
Soy la visión de lo que lucho y sangro entre las mantas,
de lo que escribo y respiro,
de lo que sueño y me trastoca.
Soy el alma de lo que quiero ser.
Soy poeta. Y vendedora de palabras que
no se entienden, ni se exponen en primera plana.
Soy la única luz en mi ventana.
Las horas, los días y los restos.
Soy camino. Y escribo cuanto quiero.
Ni el frío ni el destino pudieron aun conmigo.
Aparto de un disparo el miedo que
se cura con versos que no riman al final.
Soy el mundo. El único que sigo y
que hago girar en mi sentido.
Soy la sombra de otros pasos destrozados
y aquí, en estos brazos, en este momento,
no queda sitio para dos.
(27.1.11)
Por el valle cristalino de la niebla
lucen sus hojas los árboles hambrientos,
entre verdes, marrones y cieno.
Correteando los pájaros en busca de cantares
de boca y fuego.
Y la contrabanda de edificios que no deja que pase el tiempo.
Pasan sin luces los hombres
trasteando sus anhelos
y buscando, sentados,
los mirlos fulgentes y muertos.
...Reza Dios por los despojos
que provienen del subsuelo...
Asciende mi alma encadenada,
cadente de versos
para esos árboles hambrientos.
(9.1.11)
Me gustan las cosas en su justa medida.
El rock en las retinas y el corazón en la mesa.
El café templado y las hojas de otoño.
Las luces ahogadas,
la lluvia en mi cuarto.
Las calles vacías y el tráfico acelerado.
Me gustan las tardes que parecen mañanas y
las noches que atardecen.
Sentirme sola menos cuando estoy a tu lado.
Me gusta la gente que no lo dice todo.
Los secretos a gritos y
la música entre líneas.
Me gusta sentirme viva cuando
vibro sobre el suelo.
Digamos que el tiempo se me tira encima
blandiendo su diestra luz de presentimiento
en una siniestra moqueta acolchada de niebla
de acordes violentos.
Líneas blancas en la acera que me guían por
el camino esotérico que nunca pude evitar.
Es un paseo tranquilo y no temo por
los resbalones con las pompas que da la lluvia.
Pero digamos que me tiro al tiempo con
los ojos entreabiertos.
Con claridad entre las rendijas de las persianas
y restos de ropa tiradas por el suelo.
Sentir las manos, frías en mis ojos,
dolientes por dentro.
Cerradas de antojos y
húmedas de celos.
Paulatinamente austeras,
rápidamente concupiscibles.
Denegadas en el Olimpo y
sorteadas por Hades de contrabando
que viven en barrios obreros.
Tercas para los necios,
medicina para los bohemios.
Hasta que sangren,
se agrieten y perezcan.
Hasta que conquisten cada hoja y su revés y
conviertan la sal en vino,
y no les queden más sinos que tejer.
Que no trabaje el destino,
ni nuestras ganas de querer.
Que se jodan las esquinas,
que se enfrenten las rutinas,
que nos queme el viento el corazón.
Hasta que grite,
se deforme y muera.
Hasta que se vacíe de estrellas y
pase de lo eterno a lo aborrecido,
y no tenga más camino que
el de cambiar el sentido de las hojas de revista.
Que se jodan los finales,
que se sequen las retinas,
que no nos quede otro discurso mas que
el que nos expía.
Y ¿Qué?
Si cuando expiro el humo
del cigarro que se consume sin ser la novedad
pasa a ser del viento.
Y sus partículas se extienden
a lo largo y ancho de los pulmones
de cientos de transeúntes que
pecan de ingenuidad.
Y ¿Qué?
No vivo donde quise,
ni vivo porque quisiere,
pero vivo, al fin y al cabo.
Y mis reaños de querer tenerlo todo a mano
efectúan su salto mortal
sin mirar los zapatos que
visten para la ocasión.
Y ¿Qué?
Ya no soy la que era.
Estigmas en los brazos y en mi pulso.
Y a recorrer el camino
por la carretera baldada
que se tiñe de acera
con la claridad.
Y ¿Qué?
Si yo no quiero vivir para siempre.
Tenue la luz
para apaciguar mis alas.
Hay cortezas de nada
esparcidas por la mesa
donde solía escribir con lápiz
las siglas de un anhelo.
Ya no se ve el cielo.
Ni quedan estrellas
para la gente como yo.
Las tormentas se las quedaron
aquellos que obviaron el soñar.
Y los sueños…
Se quedaron en la luz
de una mesa
marcada por segmentos
de las alas sesgadas
con lápices de anhelos
en las tormentas cortadas.
En el estrecho del Destino
sólo hay hueco para un barco.
Arría velas, mas no surca.
A babor y a estribor se
juntan las cicatrices de
los marineros que fundaron,
con sangre de sueños,
sirenas con pies de plástico.
Sobran víveres y faltan hombres.
Y aunque nadie sabe su nombre,
se jactan de conocer de qué pie cojean.
Luna llena y sol fulgente
son factores que no dominan.
Allí no hay luz, mas que en una esquina,
donde cuentan, embriagados,
que las fieras les vigilan.
Ni hay fieras, ni hay Vida.
Ni alcohol para embriagarse.
Juegan a ser los hombres
con los que un día soñaron sus madres.
Ya no saben cómo encallaron,
ni que planes hicieron antaño
para hacer girar los remos que
llevan signos de fracaso.
Creen que, esclavos de su hado,
los dioses que no existen
los sacarán de aquel barco.
Mi mundo es un mundo de letras.
No las creé, ni las domino,
no las entiendo, ni me defienden.
Mi mundo es un mundo de letras.
Donde todo se puede explicar
con unas cuantas de palabras.
Mi mundo es un mundo de letras.
Y nadie toma nada por la fuerza.
Tampoco quitan la vida en vida.
Sólo dan.
Nada duele.
No existen esquirlas en la memoria.
Los cortes sólo son de papel.
El olvido se resume en novelas.
El mundo es un mundo de blanco.
Aquí las cosas no pasan por nada,
y escuece hasta el más mínimo de los contactos.
La mano en mi nuca.
Esa que no siempre veo, pero que me aprieta
si me da por olvidarla. Y olvidarme.
La que sabe tratarme.
La que nunca dice que no.
La que me hace y deja dar de mí. Y de él.
La que da las gracias, siempre.
La que siempre hace las gracias.
La que toca y yo le canto.
La que escucha con los ojos bien abiertos
y la que me abre los ojos.
La mano en mi nuca.
La mano en mi mano.
Mi hermano pequeño que
me da lecciones de mayores continuamente.
De lo que ves a lo que soy sigue existiendo un abismo. De lo que escribo, de lo que hablo... no dista demasiado de lo que analizaste en mi mirada.
Elevada casi dos metros por encima de lo que soy, has quitado y atraido el calor veraniego a tu antojo, y el sueño sólo lo has trastocado.
Ebria en los brazos de lo irracional, corriendo tras la sal desparramada a ciegas, evadida hasta tu cama, me siento al nivel de las estrellas desde el pavimento de arena tambaleandose por debajo de nuestros cuerpos, del oscuro mar por la noche, de las azoteas pobladas de luces en un pueblo dormido por las costumbres.
Fecundada por la profundidad de los ojos castaños que paren y paran suspiros.
Con la tinta en los talones, paseando el aire trabajado de lo que huía tener, me agazapo a tu pelo para no desbocarme.
Tú sigues siendo un desconocido.
¿Oyes el viento?...
El favor de su terco oleaje deja sin respiración al más brusco de los testigos.
Las olas… Las olas cabalgan sin ritmo justo antes de nacer, nosotros…
Nacemos sin ritmo por culpa de alguien que se olvidó de él.
Calla la noche a mis ojos.
Cristales de plata cortados conspiran con malicia untada en desdén, y
desde que supo su nombre el deseo, nunca volvió a quererlo ser.
¿Oyes el viento?...
Practican con Caronte mis remos.
Nada de aire, nada de sal.
Se pueblan de arrugas mis dedos tras el júbilo y el canto de
los hombres que vacían su mitad.
Y, ¿oyes el viento?...
…pídele que me traiga de nuevo su nueva verdad.
Este agridulce sabor en tus mejillas
Capaz de renombrarme Perdición,
Las no/naciones de rodillas,
El místico refugio donde besamos dolor.
Estas ansias de placer, de desesperación,
De jugar contigo a quien es mejor,
De casinos de sueños que ganan tu voz.
Este Parisino éxtasis por un bemol.
Mi reino por tu cantata,
Mis versos por tu sudor.
Y ¡Qué vuelvan los clásicos muertos!
Que reviva esa historia, señor,
Que lo efímero sea tan nuestro que
Nuestros huesos no sepan que son.
Palabras lentas,
Sonidos largos,
Labios que escupen sed.
Salidas tercas al otro lado del charco,
Punzada con nombres que no quiero saber.
Salitre sucio,
Carisma flaco,
Manos que devuelven piel.
Gafas de oro que ocultan mis actos,
Solsticio de otoño con sutiles toques a hiel.
Pisadas tercas,
Calor nonato,
Paris que arde al amanecer.
Robustos robles de rabia forjados,
Cansada de pastos endémicos por cien.
Morderle los labios a un asunto entrelazado
por las variantes que crean las perspectivas del cambio,
y subir a lo más alto de la llanura, cercada,
por descubrir que nunca hubo nada más que nada.
Sincerarse volviendo a la infancia de una ilusión prematura,
para poder reconocer a la misma como hija pródiga
de lo que las razones quisieron proponer como mendiga.
Y cristalizar un pedazo de barro, pisado por
los que trataron de volcar una marmita de lava, helada
entre la esperanza de renacer una madrugada.
Revocar al grupo de palabras, flotantes, que
por cabezas ajenas fueron forjadas.
Y arrinconar entre zarzales sus expresiones lastimosas,
seguir mi vereda, pensar en ochenta cosas y
tomar de todas ellas la única que me haga sentir persona.
Tomo la palabra;
Para contar, narrar, descifrar,
divagar, sorprender y flaquear.
Pero siempre con palabras que cobren vida por sí solas.
